Estas en México
Siete y cinco de la mañana, despiertas, y la boca te sabe peor que el olor del paradero norte de Taxqueña. Tienes que entrar al trabajo a las ocho en punto, sino, te despides de él. Apresurado tomas la corbata con los ojos cerrados, te vistes; miras tu cara en el espejo y sólo atinas pensar que jodida es la vida. Ok, pero es muy temprano para filosofar. Tomas un café ya tibio, pues tu esposa, acompañante o tu madre lo sirvó desde hace diez minutos, te aguantas, no importa, al fin sales por los tamales a las diez. Casi estás fuera de casa pero ¡oh, oh oh!. De pronto recuerdas que aunque te lavaste la cara, no usaste desodorante, como un caballero responsable, regresas y te rocías ese olor enfrascado que compraste porque el comercial que viste en la tele te sedujo. ¡Malditos creativos de publicidad! ¡Son tan buenos!-.
Milagrosamente son las siete y diez minutos, estás listo. En tan sólo cinco minutos lograste despertar y arreglarte; además pudiste recordar que es miércoles, recordar tu nombre y que tu familia sigue siendo tu familia; eso es admirable hoy en día. Todo parece ir bien. Quizá llegues cinco minutos des´pués, pero son los mismos cinco de tolerancia laboral. ¡Oh no! Sin querer tu lengua vuelve a probar tu boca, ¡Sí! Los dientes no los labaste, te entra el pánico, un poco, más también logras recordar que vives en el maravilloso siglo XXI y existen esas laminitas que matan hasta el 99 por ciento de gaermenes en tu boca, las buscas en tu saco y vuelves a creer en Dios, ahí están, él las guardo para que no sufras por tu aliento. Además las laminitas las anuncia German Dehesa y eso es un respaldo incuestionable, piensas.
Tomas el primer metro que te llevara al metro más cercano, al cual sueles ir todos loa malditos y monótonos días. De pronto otro micro se pone a jugar carreras en el que viajas tú. Escucahs gritos, no es un juego, el chofer del otro micro le grita al chofer que está atu servicio Me copiaste los espejos laterales Y el chofer de tu diligencia le contesta cortésmente . ¡Chinga tu madre!... ¡Yo los traigo desde antes que tu!. El otro chofer parece no entender y tiernamente pregunta. ¡¿ A quién le mentaste la madre, pendejo?!. Ambos choferes se frenan, ambos bajan con bats en las menos, se insultan, bailotean como aves de apareamineto al menos así los ves, para no hacerte tan difícil la espera- Despues dwe un corto tiempo de dimes y diretes los choferes regresan a sus respectivos microbuses sin ningun rasguño. De pronto ya no te es gracioso y los odias por que sigues retardado y ni siquiera se golpearon; decepción.
Bueno, son las siete treinta y cinco. Recorres el anden buscanda la sección de menos gente para la hora que llegue el tren, pero este tarda un poco. Piensas que si tu fueras el chofer del metro, serías un chofer eficiente que manejaría a tgoda valocidad dejando a todas las personas rápidamente en sus estaciones correspondientes, todos te amarían por ello. Son esos pensamientos de heroísmo urbano que sólo llegan de madrugada.
Llega el tren, nadie baja, piensas en esperar el próximo, en eso estás cuando la tromba de gente detrás de ti ya te llevó al centro del vagón. Todo apretujado, das gracias por haberte regresado a poner desodorante. Logras asirte de un tubo, apenas con unos cuantos dedos, pero hay algpo misteriosos que no sabes que es. Tu otra mano, la derecha, se uqedó debajo de la cintura y es paretada por algo que parece y se siente suave: un tracero. No sabes que hacer, no quieres moverte para que no se mal entienda tu situación. A tú alrededor se encuentran: una señora de unos cuarenta años, bien arreglada y con media botella de perfume encima; un señor cincuentón con una barba de dudosa limpieza y al que no le importa usar desodorante; una colegiala de prepa que desde temprano chupa una paleta; un hombre trajeado de unos treinta años, y una hermosa joven ejecutiva que no sabes ni porque viaja en metro. Sientes una gran ofensa de que esa belleza viaje tan apretujada en un transporte que crees poco para ella; el trasero que sientes en tu mano, hasta ese mmoento, no tiene identidad. Ya llevas tres estaciones avanzadas. Te sientes perverso y sucio al sólo pensar que ese trasero le pertenezca a la ejecutiva y que de pronto lo disfrutas, per, ¿pero si es el trajeado? Odias pensar eso. El tren da un enfrenón, tu pensamiento trabaja a la velocidad del convoy y tomas el pretexto del jaloneo para sacar la mano, mas el movimiento fue confundido con un lamentable roce libinidoso, y el trasero hasta en ese entoncessin identidad,. Tiene dueño, le pertenece a la señora del medio frasco de perfume, que sin dudar te acusa chillonamente. ¡óigame que le pasa depravado! Y aún más, aunque eres un joven respetable, te llama ¡viejo cochino!. Vuelves adejar de creer en Dios y regresas a Nietzsche. Lo peor viene. Todos te miran, y aunque nunca en tu vida has visto una revista pornográfica, (bueno, bueno, bueno no es verdad pero es un cuento) te sientes un asco porque frente a todos eres un enfermo mental; pero es sólo por cinco segundos, despues todos vuelven a su apatía diaria. Lo que si importa, es Eque si perdiste la simpatía, que aún no tenías, de la hermosa ejecutiva, eso duele. El metro viaja lento, sólo escuchas las voz tan conocida de la mujer que dice por las bocinas. En un momento reanudaremos el servicio, gracias Te preguntas ¿de quién será esa voz? ¿será de una computadora? ¿O es la voz de una mujer real? Y si es así, ¿cómo es físicamente? Para tener esa voz debe ser guapa ¿dónde vive? te has repuesto del desengaño de la ejecutiva. Ahora tu meta es saber a quién es a la que le pertenece la voz que qnuncia las estaciones del metro. Es una estupidez, más te entretienes para no mirar la hora...
Te encuentras a una estación de llegar, la oficina queda saliendo de la estación del metro, pero ¿Qué crees? ¡Oh sí...! A alguien se le ocurrió suicidarse en la estación dónde tu tendrías que bajar. Piensas: ¡a quién demonios se le ocurre suicidarse a esta hora! Tratas de hacerte sensible de nuevo pobre hombre, su familia lo va a necesitar ¡Pobres de sus hijos! De nuevo regresas a tu egoísmo, que no nace de ti, sino que te es impuesto. Es decir, tú no eres egoísta, sólo que a tu jefe no le importa quién jodidos se suicide, él te quiere puntual y se acabó. Decides bajarte y caminar lo que falta son las ocho y cinco minutos, los cinco minutos de tolerancia ya te dicen adiós. Cuando sales del vagón se escucha el sonido que avisa que las puertas van a cerrarse, y lo hacen, el tren avanza, pero tu ya no alcanzas a volver para obordarlo nuevamente. Te odias, crees que el mundo se ríe de ti, y no es que quieras odiarte, es un odio que también te lo han impuesto los horarios y el maravilloso siglo XXI, (que conste). Estás jodido porque el mundo te friega, de tus ganas no trabajabas. El punto es que: saliste del metro, caminaste y llegaste a la oficina. ¡Misión cumplida soldado! Pero el manda más, que te habla de usted, ya te espera con los gritos de bienvenida ¡quince minutos tarde! Sólo atinas a decir Es que alguien se suicido en le metro Tu jefe sonríe sarcástico y responde Invéntese algo mejor, lo del suicidio ya está muy gastado. Y si vuelve a llegar tarde ¡queda despedido! Pero sabes que a pesar de que tu jefe diga eso, no va a pasar ¿y sabes por qué? ¡Porque estás en México! Y das gracias a Dios por eso, y lo reconcilias con Nietzsche, pues ambos ceben en tu gran corazón, mexicano.